Amigos virtuales, el muendo de los “smartphones” plataformas digitales por todas partes. Parecen más imprescindibles de lo que pretendían ser. Parece que es más fácil conectarse en la red a conversar, que salir a caminar en un día común.
No es nuevo esto, ciertamente. Lo nuevo es la vertiginosa aceleración del proceso de “soledadismo”. En líneas generales, esto sería más o menos así: “Qué hago?, (me voy directo a Facebook, aun antes de terminar la oración) uh! nada realmente nuevo. Quién está en el chat? uuhmm… nadie interesante, no están mis amiguitos… y bueno, adiós”.
La hermana menor de mi ex pareja un día me contó algo que inspiró este escrito. Era, en resumen, algo así: “Ando triste, hace varios días no veo a mis amigas, parece que están enojadas. En realidad, hemos perdido mucho contacto. Cuando me meto a Facebook cada vez converso menos, no publico nada porque nadie me comenta, no tengo ni un ´me gusta´ y me da pena, porque me empecé a sentir sola, por eso cerré mi perfil”.
Están las dos posturas, una es la del tipo que no tiene problemas con esto, que es seguro de sí mismo y no hace mayor análisis; y está el otro caso, de la persona que sí se atormenta por esto, porque sabe que es necesaria la relación social para el desarrollo humano. Aquí aparece el nuevo “opio del pueblo”, el miedo a no ser aceptados.
Se ha pardido personalidad y autenticidad. Todos hacen campañas políticas, donan miles de pesos a fundaciones benéficas, tiene conciencia ecológica, son amantes de los animales, se expresan con fotos o frases que hacen unos pocos, etc., etc. O sea, cero creatividad. Nadie se atreve a hacer algo nuevo. Seamos francos. Por Facebook, no vale.
Volvamos a la realidad, o al menos, seamos capaces de mantener los límites entre una realidad ficticia y una que es fáctica.
